Avance

‘Algo invisible te invade’; el virus en el estado de Morelos

COVID-19 iguala a todos; no hay distinción social que valga, no se fija en edades, sexo ni religión o profesión

CIUDAD DE MÉXICO.

Ahora se reza solo, a cualquier hora, hay quien reza hasta con los ateos, aunque no sepan más que tres líneas de un padre nuestro o un rosario de ruego.

Otros rezan, pero también siguen las medidas de emergencia sanitaria, hay quienes además de seguirlas, acuden a sus recuerdos, unos más adicionan a los rezos recuerdos y las noticias infinitas sobre la pandemia que nos tiene angustiados. Y hay otros que además de recurrir a todo este rosario, ven películas o incluso hasta leen libros.

Tengo un cuaderno de notas. He apuntado en él cuántos muertos hay en el mundo, en los países que he visitado, los fallecidos en México, y en Morelos. También he anotado qué periódicos, revistas o portales tienen los titulares más terribles, también he anotado una que otra nota que transmiten los telenoticieros. Pero lo que me cuesta trabajo es escribir cómo una cosa invisible se puede meter dentro de uno y de las personas y cambiar absolutamente todo.

Todas las noticias tienen en común los testimonios sobre los malestares, un infierno por falta de aire, noches de angustia en el hospital, médicos  cubiertos de cabeza a pies se acercan y se alejan de las camas de los pacientes, pero lo que nunca se va es la presencia de la muerte.

La enfermedad de COVID-19 iguala a todos, no hay distinción social que valga, no distingue edades, sexo, religión, profesión o lugar de nacimiento, no importa dónde se contagiaron, si fueron a esquiar, a un concierto de rock, a un mercado, a la iglesia o a un banco, si es un analfabeta, taquero, artista o científico.

Por lo que informan los medios y las redes sociales, en cuanto estás en un pabellón destinado a pacientes COVID-19 es como estar en el final de los tiempos y esperar que no lleguen, y ver el techo de la habitación y la luz eléctrica, y desear que los médicos no regresen a atenderte para verificar si ya estás muerto.

El sonido del teléfono me hace regresar la atención en Cuernavaca, me llama Pablo, me comenta que tiene miedo, acá en Cuentepec a todos les entró la prisa por cuidarse después que las campanas de la iglesia avisaron durante más de diez días seguidos un rosario de muertes.

Al principio íbamos al velorio, pero ahora muy pocos asisten y ayer que volvieron a sonar las campanas me daban ganas de irme a Nueva York con mi hermano que lleva cuatro años por allá, pero me dice que las cosas están peor.

El otro día encontraron en dos camiones de mudanzas afuera de una funeraria más muertos que en cualquier enfrentamiento de narcos en México.

Tendré que aguantar trabajando en la siembra, comenta Pablo con voz llena de tristeza y desconcierto; está difícil protegerse de una cosa invisible. En el pueblo nadie nos ayuda y a muchos se nos acabó el dinero.

Me entero que en una de las colonias más pobladas de Cuernavaca una familia entera se contagió; en el mercado Adolfo López Mateos también muchos comerciantes y visitantes están en riesgo, ahí, en un día ordinario se reunían a comprar y vender cerca de ocho mil personas, aunque ahora ha bajado la cantidad de gente que asiste, muchos de los enfermos y muertos por COVID-19 en Cuernavaca están ligados al mercado.

Como doña Rita, que vendía gorditas y quesadillas en Amatitlán y pancita los domingos, también tenía sus puestos de verduras en el mercado, y durante más de 45 años atendió sus negocios, a los que se le unieron sus hermanas y sobrinas, pero la diabetes y el sobrepeso le impidió ganarle la batalla al coronavirus.

Doña Rita era muy querida en el pueblo, son de esas personas que cooperan para todas las fiestas y tradiciones, ella se ganó un enorme respeto por todos, cuando no teníamos suerte, siempre nos ayudaba con una ollita de pancita o entre semana te invitaba un jugo de naranja cuando uno pasaba por su negocio, ella se percataba que uno no traía nada en la panza.

Ojalá que no se mueran muchos del pueblo, esta pinche y maldita Covid nos está dejando sin la gente chingona, cuenta Patricia, sus ojos negros y su piel requemada por el sol contrastan con su blusa blanca.

Suspira y mira hacia la fonda y clava su mirada en la puerta. Antes de marcharse gira la cabeza y dice: Pues ahora sí van a creer que esto del coronavirus sí existe, ya el padre nos dijo que nos debemos cuidar y pues yo digo que habrá que creerle. Yo le rezo a Dios con más fuerza.

Hace unos días estábamos de fiesta, todos teníamos que estar juntos, salíamos a la calle y nada de cubrebocas. Pero ya entendí, es duro, señor, muy fuerte.

¿Por qué todos callan? De pronto vemos que nadie es necesario, no hacemos ninguna falta, al calor de Cuernavaca no le importa, él pone todo en cámara lenta, hasta el coraje es murmurante en las afueras del hospital Parres, uno de los más importantes de Morelos. En la banqueta la eterna espera de informes sobre el estado de salud de familiares, pero nadie le mete prisa o quizá porque todos están lentos por sí mismos, esperando despertar de esta pesadilla y regresar a una vida diaria que seguramente ya nunca será como antes.

Ver surgir sobrevivientes de los hospitales. Queremos que llegue el tiempo cuando nadie tema por tocar las cosas del otro.

 

LA MUERTE VIAJA EN TAXI

Gustavo venía de Tejalpa, iba rumbo al hospital del IMSS en Jiutepec, a sólo tres kilómetros  de llegar, su cuerpo no aguantó más y falleció a bordo de un taxi acompañado de su esposa Obdulia.

Durante tres días anduvo con fiebre alta, necesitaba atención médica y decidió  subirse al auto, pero era demasiado tarde . Obdulia esperó la llegada de  cuatro hombres vestidos con overoles  blancos con desinfectante en mano que se llevaran el cuerpo de su esposo hacia una funeraria.

Viajo unos cuantos kilómetros y al llegar a Tlaltenango veo a un viejo sentado en el umbral de su casa, tiene una ventana ciega y chueca, junto a él hay un niño, vende zacate para bañarse, se sujeta el pantalón con un trapo amarrado a la cintura, sus ojos encendidos como faros parecen buscar un poco de suerte en las orejas de un perro flaco, parece lisa y llanamente una demostración ilustrada de la lucha darwiniana por la supervivencia en tiempos donde una cosa invisible se mete en el cuerpo de las personas.

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