Salud

El misterio de por qué algunas vacunas proporcionan extraordinarios beneficios más allá de los esperados

Peter Aaby niega con la cabeza, como si todavía no pudiera creerlo. “La verdad, fue el comienzo de todo. Algo muy extraño pasó”, dice. Aaby habla conmigo vía Skype desde su casa, en Dinamarca.

Aunque él pasó la mayor parte de las últimas cuatro décadas en Guinea-Bissau, un pequeño y pobre país de África Occidental, marcado por un complejo pasado colonial y una historia reciente de sucesivos golpes de Estado.

Se fue allí en 1978 para fundar una institución sin fines de lucro, el Proyecto Salud Bandim. En esa época no había un programa nacional de vacunación contra el sarampión, así que, después de un brote particularmente devastador, el equipo decidió concentrar sus esfuerzos en vacunar a los niños del país.

 

Casi un año después del inicio de las vacunaciones, hicieron un descubrimiento extraordinario: aquellos que habían sido vacunados contra el sarampión tenían un 50% menos de probabilidades de morir que aquellos que no lo habían sido. “Fue impresionante”, cuenta Aaby. Pero eso no se debe a los motivos que te puedes imaginar.

El sarampión nunca llegó a ser responsable de la mitad de las muertes infantiles en Guinea-Bissau. Teniendo en cuenta la proporción de los que fallecían originalmente por la enfermedad, la vacuna debería haber sido mucho menos beneficiosa de lo que fue. Los números no cuadraban.

“Nos preguntábamos: ‘¿cómo puede ocurrir esto?'”, cuenta Aaby.

En estudios a gran escala posteriores, se descubrió que la vacuna reducía en un tercio las probabilidades de que los niños murieran, pero apenas el 4% de esa disminución se explicaba por la prevención del sarampión. Este es el poder de un fenómeno misterioso que Aaby llamó “efectos no específicos” de las vacunas.

 

Accidentes afortunados

Durante más de un siglo, algunas vacunas han proporcionado una especie de protección adicional que va mucho más allá de lo que se pretendía.

Evidencia de estudios en Guinea-Bissau indican que las vacunas frecuentemente ofrecen protección contra otras enfermedades.

 

Esos efectos misteriosos no solo nos protegen en la infancia, sino también pueden reducir el riesgo de morir en otras fases de la vida.

Una investigación en Guinea-Bessau descubrió que las personas que habían recibido la vacuna contra la viruela tenían hasta un 80% más de probabilidades de seguir vivas unos tres años después de que comenzara el estudio.

En Dinamarca, los científicos hallaron que aquellos que recibieron la vacuna contra la tuberculosis en la infancia tenían un 42% menos de probabilidades de morir de causas naturales hasta los 45 años.

 

Otros accidentes afortunados incluyen protegernos contra patógenos que no están relacionados con su objetivo, reducir la gravedad de las alergias, combatir ciertos tipos de cáncer y ayudar a prevenir el alzhéimer.

La vacuna contra la tuberculosis está actualmente siendo probada contra la covid-19, aunque los microorganismos detrás de ambas enfermedades sean totalmente diferentes: uno es una bacteria, el otro, un virus. Y ambos están separados por 3.400 millones de años de evolución.

A pesar de las décadas de investigación, esos efectos aún no se entienden completamente. Y hasta que los entendamos, los científicos son reacios a aplicarlos en nuestro beneficio, por lo que hay una carrera para descubrir qué está pasando.

 

Los beneficios de la vacuna BCG

Pese a que la existencia de los “efectos no específicos” no estuvo bien establecida hasta el trabajo de Aaby en la década de los 80, los científicos sospechaban desde hacía tiempo que algo extraño sucede cuando somos vacunados.

Un ejemplo es la tuberculosis, uno de los enemigos más antiguos de la humanidad. Convivimos con este villano bacteriano durante al menos 40.000 años y, a lo largo de la gran mayoría de nuestra historia, tener esta enfermedad era una sentencia de muerte. La bacteria fue encontrada en un tercio de todas las momias egipcias antiguas.

Desde principios del siglo XX, se llevó por delante la vida de decenas de millones de personas, incluyendo la de los escritores George Orwell y Franz Kafka, o la ex primera dama estadounidense Eleanor Roosevelt. Eso cambió cuando los bacteriólogos franceses Albert Calmette y Camille Guérin inventaron la vacuna BCG, que se hizo cambiando gradualmente la versión de la bacteria que se encuentra en las vacas.

 

La vacuna fue administrada por primera vez a un niño en 1921 y, para la década de los 50 ya estaba claro que había sido un punto de inflexión. Se considera que la vacunación tiene una eficacia de entre el 70% y el 80% para prevenir las formas más graves de la enfermedad.

Los científicos también notaron que la BCG se asoció con una caída dramática en el número de niños fallecidos en los primeros meses de vida.

Esto siempre ha sido impactante, porque era poco probable que la causa fuera la vacuna que previene los casos graves de tuberculosis. La enfermedad suele tardar un tiempo en desarrollarse.

“Se redujo en casi un 70%”, dice Mihai Netea, inmunólogo de la Universidad de Radboud en los Países Bajos. “Desde el principio, los efectos beneficiosos fueron sustanciales”.

 

La tuberculosis fue responsable de la muerte de decenas de millones de personas.

 

Desde entonces ha quedado claro que la BCG no solo se asociaba con una menor mortalidad, sino que proporcionaba protección contra una amplia gama de infecciones no relacionadas con la tuberculosis, como la gripe, la septicemia y el herpes.

 

Entrenamiento inmunológico

Una posible explicación para la capacidad de ciertas vacunas de protegernos de microorganismos distintos de los que son su objetivo es que comparten antígenos, moléculas que utiliza el sistema inmunológico para identificar invasores.

Por ejemplo, la vacuna BCG puede introducir en el organismo una proteína específica que también se halla en otra bacteria o virus. Pero cuando consideras la enorme diversidad de otras infecciones que esa vacuna en particular puede prevenir, parece improbable que todos esos microorganimos tengan los mismos antígenos.

Otra idea es que, inadvertidamente, las vacunas estén proporcionando al sistema inmunológico un entrenamiento más general.

 

Estudios recientes han encontrado evidencia de esto, incluyendo uno que involucró a un grupo de adultos jóvenes que recibieron la BCG y luego estuvieron expuestos a patógenos distintos a la tuberculosis y tuvieron un tipo diferente de respuesta inmune que aquellos que no fueron vacunados.

La verdadera sorpresa es que eso sugiere que esos extraños efectos beneficiosos no se deben al sistema inmune adaptativo, el tipo de reacción inmune que desencadenan las vacunas y que involucra a células que aprenden a “cazar” patógenos específicos, sino al sistema inmune innato.

Esto es inusual, porque esta defensa general más primitiva no está diseñada para poder evolucionar y adaptarse de la misma manera.

 

“La vacuna BCG está reprogramando el ADN del sistema inmunológico”, dice Aaby. “Significa que creó inmunidad específicamente contra la tuberculosis, pero también entrenó al sistema inmunológico”.

Esto puede explicar por qué la vacuna también puede proteger contra ciertos tipos de cáncer y demencia, ya que el sistema inmunológico juega un papel importante en el desarrollo de ambos.

Sorprendentemente, la BCG es ahora un tratamiento estándar para el cáncer de vejiga no invasivo y una de las terapias más exitosas de su tipo.

Aaby explica que si bien una dosis de vacuna es beneficiosa, cuantas más dosis toma una persona, más fuertes tienden a ser estos efectos positivos inexplicables.

“De alguna manera, el sistema inmunológico reacciona bien al ser estimulado”, explica.

 

La dosis de la vacuna BCG que se toma en los primeros meses de vida esencialmente entrena a nuestro sistema inmunológico.

 

Curiosamente, si bien ya se cree que estos beneficios ocultos salvan millones de vidas cada año, Aaby dice que su potencial no se está maximizando. “Prefiero decir lo contrario”, dice.

Por un lado, actualmente no se tienen en cuenta a la hora de diseñar programas de vacunación. Esto es problemático, porque no todas las vacunas son igualmente capaces de generarlos.

Niñas vs. niños

Un ejemplo es la vacuna contra el sarampión. Cuando Aaby y su equipo introdujeron un nuevo tipo en Guinea-Bissau en la década de 1990, se horrorizaron al descubrir que duplicaba la tasa de mortalidad de las niñas, aunque no de los niños. Años después, empezaron a comprender por qué.

Aunque los efectos no específicos se asocian con una amplia variedad de vacunas, desde la tos ferina hasta la poliomielitis, la viruela, la fiebre amarilla y la influenza, funcionan mejor con aquellas que contienen virus vivos.

Estas vacunas “vivas” están hechas con patógenos que aún pueden hacer copias de sí mismos y debilitarlos para que no sean tan dañinos.

 

Las “vacunas inactivadas”, por otro lado, involucran bacterias o virus que han “muerto” por el calor o los productos químicos y, por lo tanto, no pueden reproducirse. Dado que las vacunas vivas tienen beneficios ocultos y las inactivadas no, el orden en que se administran es importante.

En la actualidad existe una creciente evidencia de que si los niños reciben una vacuna inactivada después de una viva, anula algunos de los beneficios que se brindarían.

Antes de la aplicación de la nueva vacuna contra el sarampión en Guinea-Bissau, era normal recibir una dosis de la vacuna inactivada contra la difteria, tos ferina y tétanos (DTP), seguida de la vacuna viva contra el sarampión a los 9 meses.

 

Pero la nueva vacuna se administró a los cuatro meses, lo que significa que la DTP se administró más tarde.

No está claro por qué la secuencia de la vacuna solo importó en las niñas, en parte porque ha habido muy poca investigación sobre qué tan diferentes son los sistemas inmunológicos masculino y femenino.

“De alguna manera, la inmunología ha sido ciega al sexo”, dice Aaby. “Si lees la investigación sobre la mortalidad en los países de bajos ingresos, no hay niños y niñas, hay niños. Así que pensamos que son iguales, pero definitivamente no es así”.

 

Aunque la viruela haya sido erradicada, su vacuna aún puede traer beneficios para la salud.

 

Si se tuvieran en cuenta los efectos positivos no deseados de las vacunas (y la mejor manera de aprovecharlos) al planificar los programas de vacunación, se estima que se podrían prevenir 1,1 millones de muertes adicionales cada año. Asimismo, las consecuencias de ignorarlos pueden ser catastróficas.

 

La paradoja de la erradicación

En 1980, la Asamblea Mundial de la Salud anunció que se había erradicado la viruela, después de una larga y persistente campaña mundial para vacunar a los niños.

Pero en cuanto se extinguió el virus, también desapareció algo más: las vacunas.

Afganistán es uno de los pocos lugares donde la polio aún no fue erradicada.

 

“Tanto en Guinea-Bissau como en Dinamarca, la vacuna contra la viruela se ha asociado con un efecto beneficioso muy fuerte. Pero cuando retiramos la vacuna, no hubo un solo estudio de lo que eso puede causar”, dice Aaby.

En este momento, el mundo está al borde de otra victoria. La poliomielitis se ha erradicado en casi todos los rincones del planeta.

A principios de este mes se declaró que África está oficialmente libre del virus, que ahora solo se encuentra en pequeños focos en Afganistán y Pakistán.

 

Esto ha generado preocupación por lo que pueda suceder después. Al igual que la vacuna contra la viruela, la vacuna contra la polio se acompaña de una gran dosis de efectos no específicos.

Por ejemplo, en 2004, se le atribuyó parcialmente una reducción del 67% en la mortalidad infantil en Guinea-Bissau, a pesar de que la poliomielitis estaba casi completamente erradicada allí en ese momento.

“Puede ser que, al erradicar la enfermedad, dejemos de tomar la vacuna. Y, pensando que estamos haciendo algo bueno, en realidad estemos aumentando la mortalidad”, opina Aaby.

 

Aunque el movimiento antivacunas ha levantado falsas sospechas contra las técnicas de inmunización durante décadas, parece que, irónicamente, el único secreto de las vacunas es que son mejores para nosotros de lo que nadie jamás imaginó.

Quizás es hora de que descubramos todo su potencial, antes de que sea demasiado tarde.

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