Opinión

Algo que vale la pena leer

El Murmullo de las Abejas

 

ALBERTO BOARDMAN

“Nadie supo cuántas horas estuvo así aquel bebé, abandonado bajo el puente, desnudo y hambriento… Y todos se preguntaban cómo la vieja nana Reja lo encontró cubierto por un manto vivo de abejas.”

Así nos presenta Sofía Segovia a “Simonopio”, el protagonista de su segunda novela “El Murmullo de las Abejas”, editorial Lumen, publicada en 2015, con 481 páginas en su sexta reimpresión fechada en marzo de 2017.

El talento literario de esta genial escritora mexicana (nacida en Monterrey), es lectura obligada para quienes gustan de las historias bien construidas, con personajes que parecen respirar a cada palabra y pinceladas de una realidad que va vistiendo la narración con ese gusto nostálgico de las leyendas contadas por los abuelos.

En especial ésta, su segunda novela, situada en los albores de la Revolución Mexicana, el conflicto agrarista, el azote de la influenza española, los mitos de las poblaciones que hace cien años se encontraban tan alejadas de la ciudad, que eran capaces de crear un mundo completo a su alrededor, incluyendo la magia de las emociones, lo imposible, y lo que de verdad importa en la vida. Héroes y villanos comparten situaciones extraordinarias, en un espacio de tiempo que se antoja muy familiar, puesto que Sofía logró el milagro de mexicanizar el Macondo de Gabo, en un Linares norteño, pero no menos fantástico y misterioso.

Para muestra, baste referir el pasaje que narra el tiempo en el que la influenza acabó con casi todos en el pueblo:

“El sepulturero la encontró en la calle, acostada, inerte y mal envuelta en su mortaja blanca, entre dos niños que tanto había querido. Subió a uno y luego al otro en la carreta. Cuando llegó el turno de la nana, López esperaba sentir la frialdad de un cuerpo sin alma, pero notó que ardía en fiebre. –¡Así no me la puedo llevar! Ella abrió sus ojos opacos. –Lléveme –dijo. –Pero, doña, sigue viva… ¿Porqué se acostó aquí? –Pa´ morirme ya y no después. Porque si no me salgo a morir, me muero adentro, y luego ¿quién me saca a la calle? Ya no queda nadie…

Somos lo que hemos leído y esta es, palabra de lector.

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