Espectáculos

Alejandro Fernández, caballero hecho en México

El Potrillo arrancó gira de su nuevo álbum y mandó mensaje de unidad en tiempos de discordia

CIUDAD DE MÉXICO.

Alejandro Fernández tronó un beso a la primera fila, con destino a una chicuela visiblemente atrapada por los encantos del otoñal jalisciense, pero no sólo ella reaccionó, el resto de damiselas saltó con la ilusión de hacer suyo ese gesto.

Él solo se las arregla para hacer de sus shows un espacio único para esparcir amor y galantería. Así comenzó la primera noche de Hecho en México, su nuevo material, reluciendo la coquetería, aprovechando el sex appeal aumentado por sus canas peinadas y bien recortaditas, y por supuesto, esa inconfundible voz.

Traguito de tequila o té entre canción. Tantita pena lo dejó con sed apenas pisó el Auditorio Nacional y se engulló un caballito derechito. No se diga en Estos celos, la primera en honor a su padre El Charro de Huentitán, apenas terminó y se aventó el segundo de la noche.

Entró en calor. Se quitó el sombrero, desabotonó su saco; perdió un poquito de elegancia por el calorón. Mínimas acciones que derriten a la mujer.

Tomó el micrófono para dedicar unas palabras, un poco repitiendo el discurso de cada ocasión que pisa el foro más prestigioso del país e ir más allá de la simple gratitud.

“A esta nación que formamos y enriquecemos todos, quisiera inspirarlos con esta música como hermanos y dejar atrás la discordia que sólo nos separa como nación”, dijo.

Las palabras exactas para describir el orgullo de ser mexicano y el momento de decadencia social en pleno curso.

El mariachi que lo secundó enalteció aún más el sentimiento nacional. Tradición fusionada con la modernidad, la clásica banda y los coros masculinos y femeninos de
fondo.

Un ensamble bajo una convivencia que daba sed de la mala, porque iba de canciones poperas como Estuve No lo beses a las mexicanotas Unas nalgadas A qué sabe el olvido, y cuando un  mexicano escucha las rancheras, se le antoja un traguito, sed que sólo se podía mitigar en una carrerita al bar de fuera, porque dentro se respetan las reglas del inmueble.

Se acercó un banquito al filo del escenario. Llegó respaldado por su guitarrista y soltó su infaltable homenaje al Poeta del Pueblo que, bien lo dijo, con el paso del tiempo se ha vuelto más valiosa su obra. Joan Sebastian resucitó por un instante en la voz del Potrillo, fue a través de Eso y más. Un aplauso discreto, pero con dirección a donde quiera que el autor goce de este
tributo.

El espacio íntimo albergó Niña amada mía Por tu adiós, después se apagó. El espacio breve para sentarse también terminó. Todos de pie, de vuelta a lucir esos vestidos, saquitos, zapatitos y taconcitos; o para hacer sus Instagram stories, como Bárbara de Regil, desquitando la primera fila para bailar y cantar con Álex de fondo interpretando
Sé que te duele.

En esos instantes en los que se acercó a la orilla, las mujeres se le juntaron. Estrechó sus manos, tronó muchos más besos, recibió una cartita y una banderita de una señora, un gesto que regresó con la pañoleta que adornaba su saco. Enorme acción para una señora que regresó a su asiento con tremendo premio.

Otras, lo agarraron posando para la foto de celular. Seguramente ni los fotógrafos oficiales lo tomaron en plena pose durante Pude. Todas, porque aparentemente no se conocían, se empezaron a pasar sus números para tener la foto de la chica que mejor la tomó. Un nuevo círculo de amigas unidas por el hijo de Chente.

La llegada de Como quien pierde una estrella fue desconsolador por el simple hecho del cercano e inevitable final. La antesala para el adiós con Canta corazón Mátalas, con dedicatoria bastante contundente: “ésta es la única agresión que puede haber contra una mujer, hay qué matarlas… ¡pero a besos!”.

Y así se terminó su primera fecha, de seis, a las 22:50 horas con Nube viajera Se me va la voz.

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