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Alexei Navalny, el dolor de cabeza de Putin; principal opositor ruso

El abogado, que creció en ciudades militares cerradas en Moscú, exhibe casos de corrupción

Agencias

MOSCÚ.

 

Mientras esperaba a que acabara el confinamiento por el coronavirus en su departamento, el líder de la oposición rusa, Alexei Navalny, parecía ocioso, puesto que su arma más potente contra el Kremlin, las protestas callejeras, eran imposibles.

No obstante, Navalny sentía que el control del presidente Vladimir Putin menguaba. Sacó videos en los que arengaba contra Putin porque éste no había sabido manejar la crisis del coronavirus y por dejar a los rusos en apuros mientras la economía se debilitaba. Las reproducciones en YouTube llegaron a 10 millones en un mes.

“Putin no puede con toda esta locura, y se ve que está totalmente fuera de su elemento”, dijo en una entrevista por Zoom en mayo. “Seguimos dándoles donde más les duele”.

 

Navalny, de 44 años, es metódico e intransigente, y ha pasado casi la mitad de su vida tratando de derrocar a Putin. Suelen tacharlo de grosero, brusco y hambriento de poder, pero persistió mientras que otros activistas de la oposición retrocedieron, emigraron, fueron apresados o asesinados.

Con su regreso a Rusia el verano pasado luego de sobrevivir a un intento de asesinato –y con una condena larga en prisión casi segura— su vida se transformó: Navalny ahora es un símbolo internacional de la resistencia a Putin y la élite del Kremlin.

“Está preparado para perderlo todo”, dijo el economista Serguéi M. Guriev, un confidente de Navalny que huyó a Francia en 2013 luego de sufrir coacción por parte del Kremlin. “Eso lo hace diferente a todos los demás”.

 

Ahora Navalny se encuentra tras las rejas, pues fue sentenciado a más de dos años en prisión por violar su libertad condicional en una condena por malversación de fondos de 2014.

Pero incluso bajo custodia ha sabido aprovechar el momento. A los dos días de su aprehensión en un aeropuerto de Moscú el mes pasado, su equipo de trabajo sacó un reportaje sobre un supuesto palacio secreto que Putin mandó construir; el video fue visto más de 100 millones de veces en YouTube.

Una encuesta independiente encontró que si bien 80% de los rusos había sabido de las protestas que arrasaron el mes pasado pidiendo su liberación, sólo 22% aprobaba que se hicieran.

 

“Putin y su régimen han pasado millones de horas de trabajo fortaleciendo su poder”, escribió Navalny el año pasado. “Sólo los venceremos si invertimos decenas de millones de horas de trabajo”.

Rara vez ha rehuido la confrontación o se ha dejado amedrentar. En los últimos años, un activista proPutin le arrojó un producto químico de color verde esmeralda a la cara, lo que casi le costó la vista de un ojo; su hermano menor cumplió una condena de tres años y medio en prisión en un caso que se consideró un castigo contra Navalny; además, estuvo a punto de morir en el envenenamiento del año pasado y pasó varias semanas en coma.

Navalny, hijo de un oficial del Ejército Rojo, creció en ciudades militares cerradas en Moscú. Su padre despreciaba el régimen soviético, y su madre, una contadora, se convirtió en una temprana devota del partido liberal Yábloko en los años 90.

 

Su madre, Liudmila I. Navalnaya, recordó que, cuando se metía en problemas con su profesor, se negaba a ir a la escuela, y decía: “No quiero que nadie me obligue a aprender”.

Estudió derecho y finanzas, trabajó como abogado inmobiliario y se unió a Yábloko en 2000, el año en que Putin fue elegido presidente por primera vez.

 

Pronto empezó a enfocarse en la corrupción del círculo íntimo de Putin como la raíz de todos los males de Rusia.

Se organizó para frenar lo que denominaba proyectos de construcción ilegales en Moscú, moderó debates políticos y creó un programa de radio. Compró acciones de empresas estatales y en un blog muy leído en los círculos financieros de Moscú criticaba a los magnates que apoyaban a Putin.

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