Avance

El reto: ser papá y lidiar con la pandemia; festejan su día a distancia

Debido a la pandemia, 3 doctores que también son padres han tenido que ingeniárselas para poder seguir virtualmente cerca de sus pequeñas, para evitar un contagio por covid-19

CIUDAD DE MÉXICO.

Si la paternidad en tiempos de covid-19 no es fácil, mucho menos lo es para papás doctores, quienes han tenido que tomar la difícil decisión de alejarse de sus hijos.

Para mantener a salvo a Mariana, Julieta y Fátima, Frank, Isaías y Luis se las han tenido que ingeniar para sustituir el contacto físico con sus hijas durante 114 días.

Hacerla de tenor, conversar a través de una puerta e intentar mantener el interés de un bebé a través de una videollamada son los retos a los que se han enfrentado estos doctores mientras lidian contra la pandemia.

EL CANTO SUSTITUYE LOS BESOS Y ABRAZOS

Frank le habla a Mariana, ella no responde, no lo reconoce a la distancia y mucho menos detrás del cubrebocas que usa para protegerla. Él tararea una canción: “Pin Pon es un muñeco, muy guapo y de cartón, se lava la carita con agua y con jabón”. La niña reacciona. El canto es el vínculo que sustituyó los besos y abrazos entre padre e hija.

Hoy más que nunca, Frank entiende a los papás de sus pequeños pacientes. Es neonatólogo pediatra de la unidad de cuidados intensivos neonatales del Hospital General Dr. Enrique Cabrera, donde se están atendiendo a niños de mamás con sospecha de covid-19 o que ya dieron positivo al virus.

“Ahorita, con la pandemia, no hay visitas, y cuando estás del otro lado, cuando eres tú el de la terapia intensiva comprendes a los papás, sabes qué es lo que están viviendo al no poder tocar y ver a sus hijos. Lo más difícil para un papá, y más aún para un papá doctor con un niño enfermo, es saber lo que puede pasar”.

Mariana, su hija, tiene 2 años 11 meses, y en sus palabras es una niña sui generis. “Ella tiene síndrome de Down, nació con una cuestión bastante compleja porque se asocia a malformaciones tanto del corazón como del intestino y del esófago. Lleva tres cirugías y tiene neofobia alimentaria, es decir, le cuesta trabajo aceptar los alimentos”.

Por eso, en cuanto inició la pandemia, este papá doctor decidió alejarse de su hija. “De por sí, el riesgo existe con todos sus antecedentes y no podía dejar de pensar en que, por no hacer bien mi rutina o por no cuidarme podría enfermar a mi hija”.

Su esposa, también doctora, tuvo que recurrir a un amparo para poder cuidar a la pequeña Mariana. “Se mudaron a la casa de mis suegros”, Frank se quedó solo en su departamento.

En estos 114 días de pandemia, sólo ha podido ver a su hija a la distancia, por el umbral de una puerta.

“No me puedo acercar a ella, así que me quedo en la puerta, a más de metro y medio de distancia con mi cubrebocas, es lo más cerca que he podido estar de mi hija en estos tiempos. Ella medio me ve, pero después como que se siente rechazada porque no la puedo cargar y no puedo hacerle avioncito, como le hacía antes. Hemos querido hacer videollamadas, pero no les pone mucho interés”.

Cuando el estímulo es auditivo, Frank logra captar la atención de Mariana. “Cuando le hablo por teléfono, no por videollamada, ella ya me reconoce, me habla a su manera, no vocaliza todavía, pero sí hace sonidos, gritos, bisílabos y balbuceos, y así platicamos”.

Los sonidos emocionan a Mariana, tiene un tono para cuando está contenta y otro para cuando se enoja. Le gustan las canciones tarareadas, clásicos infantiles, que utilizan mucho en sus terapias, como la de Pin Pon y Witzywitzy araña. Y Frank lo aprovecha: “Vino la lluvia y se la llevó. Salió el sol, se secó la lluvia. Witzy, witzy araña otra vez subió”.

Cuando estaban a punto de operar el corazón de la pequeña, el doctor descubrió que, para llegar al punto máximo de conexión con su hija, debía hacerla vibrar con los tonos propios de un tenor.

“Cuando ella estaba hospitalizada le ponía canciones de Luciano Pavarotti, entonces cuando él hacía tonos sostenidos ella abría mucho los ojos. Entonces lo que hago ahorita en la pandemia es eso; hago tarareado, luego tonos sostenidos, nada parecido a Pavarotti, pero le sigue gustando un tono sostenido de alguna vocal y se ve, porque cuando trata de comunicarse también grita así y es lo más cercano que tengo con ella”.

El dato

  • Frank Rincón.
  • Pediatra neonatólogo.
  • Papá doctor.

SER PADRE EN TIEMPOS DE CRISIS

SALTILLO.— Ser padre de familia en tiempos de crisis por el coronavirus y en lo económico ha sido un gran reto, pues se tiene que ser prudente con los gastos, sólo consumen lo necesario.

Isaac Estévez tiene un niño de 6 años y una niña de 2, se siente afortunado y, al contrario que el resto de sus conocidos o amigos, la empresa para la que trabaja siguió pagando su salario a 100 por ciento.

“Hemos tratado de ser prudentes y enfocarnos en gastar en lo necesario; es decir, comida para tres semanas, dos semanas, no gastar en cosas innecesarias o en cosas que pudieran entrar en un rango de lujo”.

A sus dos pequeños se les inculcó que una cosa es querer y otra el necesitar, por lo que con esa mentalidad no ha observado inconformidad, porque las cosas que realmente necesitan las han tenido sus pequeños.

En lo que se refiere al reto de enfrentar la educación en línea con su hijo, que pasó a segundo grado de primaria, reconoce que fue difícil coordinarse con su esposa ya que ambos trabajan.

Isaac también resalta lo difícil que fue la cuarentena al principio de la pandemia, por la desinformación, que de alguna forma ha minado el esparcimiento con la familia fuera del hogar, “por lo que uno tiene que idear formas para estar entretenido y convivir con los hijos”.

“POR MI HIJA ME MANTENGO FIRME”

OAXACA, Oax.— En los últimos 100 días, el médico Ariben Álvarez Ramírez se ha dedicado de tiempo completo a atender a pacientes críticos por covid-19; sin embargo, en este mismo periodo ha dejado de ver a su pequeña Danna Fernanda, de un año.

“De marzo a la fecha, de manera reiterada, familiares y amistades me piden salir del área crítica, pues (según ellos) no vale la pena, pero esas voces desconocen que es por mi hija, y sólo por ella, que me mantengo firme, pues mi herencia en vida es transmitirle el compromiso con sus semejantes y no salir huyendo ante las responsabilidades”, consideró.

El sonorense Álvarez, de 30 años, realiza su residencia en medicina interna en los hospitales de los Servicios de Salud de Oaxaca (SSO) y es parte del personal que atendió al primer paciente diagnosticado con covid-19 en la región de la Cuenca del Papaloapan.

“Todos los días pienso en mi pequeña: en lo bonita que es, en los momentos con ella y  en sus ojitos, pero existe algo que se llama conciencia y valores, cultivados en la familia, y reforzados por tus maestros en la universidad, por eso sigo aquí auxiliando y acompañando a los pacientes.”

LA PANDEMIA LE ARREBATA EL EJERCER LA PATERNIDAD

La pandemia de covid-19 le arrebató al doctor Isaías Padilla la posibilidad de ver crecer a su hijita recién nacida. El 13 de febrero, 15 días antes de que se registrara el primer caso de SARS-CoV-2 en el país, se convirtió en padre. Pero, hasta ahora, sólo ha podido convivir 10 días con su pequeñita.

“Son días muy sombríos, es mi primer bebé y no puedo verla ni abrazarla. Es algo que verdaderamente me duele y me pesa mucho; no haber podido estar con ella estos meses que no son recuperables, pero evidentemente si ponemos en la balanza el riesgo que yo le puedo ocasionar a mi hija, si es así, pues me tengo que perder dos o tres meses más”.

Aunque, como cirujano del centro oncológico ISSEMyM de Toluca, el doctor Padilla no atiende directamente a pacientes con covid-19, decidió alejarse de su bebé.

Sólo tenía cinco días de nacida cuando dejó de verla con tal de protegerla.

“Llevé a mi esposa y a mi hija a Morelia a la casa de mis suegros, aunque en el hospital donde trabajo no tenemos pacientes hospitalizados con covid-19, ha habido muchísimos casos de pacientes oncológicos o con algún tumor que llegan y son diagnosticados en ese momento.  Todos los días se escucha en el voceo del hospital ‘código 19’, que significa que hay un paciente sospechoso o potencialmente covid-19, uno de mis compañeros ya se contagió y hay unos 30 trabajadores enfermos, así que tengo un alto riesgo de desarrollar la enfermedad y no podía arriesgar también a mi hija”.

Para el papá primerizo es muy duro no poder ni siquiera haber bañado a su bebita. Aunque ya tiene nombre, Julieta, tampoco ha podido ser registrada.

“La pandemia me quitó el poder ejercer una paternidad compartida con mi esposa en los primeros meses de vida de mi bebé. Me duele no poder estar presente. Acaba de cumplir 4 meses y es impresionante cómo va cambiando en tan corto tiempo y yo ya me perdí desafortunadamente toda una etapa, desde que era una chiquita recién nacida que no hacía nada, digamos más que llorar y comer, hasta la personita que ya es ahorita, que interactúa con los demás, que ya te sonríe, que ya desea y tiene interacción social”.

Esa interacción que él sólo ha podido tener con su hija, por ahora, a través de la tecnología. Le conforta, al menos que, aunque sea por teléfono ella lo ubique como su papá.

“Tenemos dos videollamadas al día, así puedo ver cómo sonríe, es algo padre que podamos hacerlo así; sin embargo, eso para nada es comparable con poder abrazarla, acariciar, darle besos pero, al menos, creo que sí me reconoce, o eso espero, porque es muy característico que empiezo a hablar y ella empieza a moverse, a agitar sus manitas”.

YA TUVO SU DÍA DEL PADRE

El doctor Isaías deberá pasar su primer Día del Padre solo, pero a mediados de mayo ya tuvo un festejo adelantado.

En sus vacaciones se encerró a piedra y lodo durante dos semanas para en la tercera poder viajar a Morelia a ver a su bebé. Aún sin atreverse a besarla, fueron los mejores instantes que ha vivido en más de 100 días pandemia.

“Fue padrísimo, es algo indescriptible y conmovedor, porque el cariño que siento por mi hija es infinito, y de no poder verla, a tenerla aunque sea con un cubre bocas y sin poder besarla, fue increíble. A veces uno tiene que hacer sacrificios para que no pasen cosas mayores y creo que al final valdrá la pena esperar unos meses más para poder ver y abrazar a mi hija y pasar este trago amargo que estamos pasando toda la sociedad y yo, no sólo como médico, sino como papá”.

El dato

  • Isaías Padilla.
  • Cirujano oncólogo.
  • Papá doctor.

SORTEA AL VIRUS CADA DÍA

IXTAPALUCA, Méx.— Aunque sabe que existe un alto riesgo de contagio de coronavirus, Juan Ramón Velasco todos los días, junto con su compañero, sale con una pipa de agua a recorrer las calles de Nezahualcóyotl, el municipio con mayor número de contagios por coronavirus en el Estado de México.

Desde el inicio de la pandemia ha visto el incremento de casos, y aunque tiene temor de contagio es el principal sostén de sus dos hijas: Alexa y Jennifer, y su esposa, Adriana, a quienes cuando regresa de trabajar no puede abrazar o saludar, hasta que no se haya despojado de su ropa y cumpla con un ritual de sanitización que hace todos los días.

“Cuando salgo de mi trabajo, llamó a mi casa para que se preparen, cuando llegó nada tocó, directo a bañarme y poner mi ropa en un contenedor para lavarla, después puedo abrazar a mi familia, pues no quiero traer el virus de la calle”.

En Nezahualcóyotl, según cifras oficiales, 71 trabajadores han resultado positivos de co-
vid-19 y 115 presentan síntomas, y aunque sabe del riesgo que corre, Juan Ramón todos los días va a su trabajo con guantes y cubrebocas, pues asegura que los gastos se han incrementado, y aunque su hija lo ayuda, ahora no hay forma de que haga trabajos extras para tener mayor ingreso, como lo hacía anteriormente; prestar el servicio es necesario para las personas.

“NO ME VOY A DAR POR VENCIDO”

Aún respiraba con dificultad. Eran los primeros días de mayo cuando el doctor Luis Benjamín Regalado reunió a los especialistas del Hospital 72 del IMSS en Tlalnepantla. Él había librado la muerte tras enfermarse de covid-19 y debía decirles a todos esos médicos, no especializados en enfermedades respiratorias, que a partir de ese momento era necesario sumar esfuerzos con los internistas para atender enfermos de coronavirus. Una promesa hecha a su hija Fátima, de 8 años, fue la inspiración para ese mensaje.

Benjamín tiene dos empleos, por la mañana, es coordinador de Medicina Interna en el Hospital General Regional No. 72; por la tarde, médico internista en el Hospital General de Atizapán de la Secretaría de Salud del Edomex. Vive con su esposa Rocío y Fátima, su hija.

“Al inicio de la epidemia mi miedo fue verlas enfermas y sentir la posibilidad de perderlas; tenía la incertidumbre de dejarlas solas si yo moría. Aunque confío en la fortaleza de mi esposa, cuando progresó esto vimos la manera de aislarme y no arriesgarlas”.

El médico, de 41 años, habló con la pequeña Fátima. “Ella entendió que esta situación era algo especial. En cierto momento pensé en renunciar, lo platiqué con mi esposa y cuando Fátima me preguntó: ‘papi, ¿qué es renunciar?’, no pensé en otras palabras más que decirle: ‘es darse por vencido’; y no puedo enseñarle eso, pensé en el ejemplo que soy para ella”.

A mediados de marzo se presentó un brote entre personal de salud del Hospital de Tlalnepantla. Al menos 44 personas resultaron afectadas en lo que las autoridades del IMSS llamaron un brote mixto.

“Muchos compañeros salieron positivos, yo también me sentía mal, pero tanto yo como mis jefes lo atribuimos a estrés y fatiga; pasé días sin dormir haciendo planificaciones de escenarios para organizar el hospital, esos días nunca tuve tos ni fiebre, no paré, trabajé hasta días de descanso, en ambos lugares hacían falta médicos”.

El domingo 19 de abril no pudo más, el doctor se desmayó cuando salió a dar informes, pidió que le realizaran una prueba. En el IMSS le dieron incapacidad; en el Hospital de Atizapán, le autorizaron un permiso, ni siquiera lo dejaron entrar.

Ya en su casa sintió falta de aire, tuvo sudor frío, ansiedad; es diabético e hipertenso, le dolía mucho la espalda y el pecho; no tenía tos, pensó en un infarto, su oxigenación estaba en 86% (lo mínimo para una persona saludable es de 90%). Sus compañeros le recomendaron irse al hospital 72 para que lo metieran a terapia intensiva. No quiso, no quería que lo intubaran y morir. Decidió quedarse en casa, ponerse boca abajo en la cama para tratar de mejorar. Aislado, desde su cuarto, habló con su hija y esposa.

“A Fátima le pedí que cuidara a su mamá y que se cuidara ella, que fuera tan fuerte y tan inteligente como su mamá; soy agnóstico, así que no recé, sólo oraba. Pensé que ese era mi último día con mi familia”.

El doctor se recuperó. 14 días después regresó a trabajar. Eran los primeros días de mayo cuando el doctor Luis Benjamín Regalado reunió a los especialistas del Hospital 72 del IMSS en Tlalnepantla. Una promesa hecha a su hija Fátima fue la inspiración para su mensaje:

“Sabemos que no es su área, que no están para eso (tratar a pacientes con covid-19), pero vamos a aprender a hacerlo; yo iba a renunciar a ser jefe, no quería los problemas de organizar a la gente y prefería unirme a mis compañeros en la operatividad”.

“Pero cuando mi hija me preguntó: ‘¿qué es renunciar?’, no tuve más palabras que decirle: es darse por vencido, perder la batalla; y eso no me lo puedo permitir, nunca me he dado por vencido y no es lo que quiero para Fátima”.

El dato

  • Luis Benjamín Regalado.
  • Médico internista.
  • Papá doctor.
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