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“No sé si sufra, qué le hagan, si está viva”. La vida que no es vida, cuando te desaparecen a un hijo

Por Agencias

La última vez que se vio a Adela fue en el centro de Torreón. Pero su madre la recuerda como una niña buena, estudiosa, que le echaba ganas a la escuela. “Sé que donde esté ella va a luchar o está luchando por volver a vernos a nosotros. Ella es muy fuerte, muy valiente y eso es lo que recuerdo”, dice María Cristina como si esa postal de la quinceañera la tuviera enmarcada en la memoria. Una semana antes de desaparecer, Adela tuvo su fiesta de quince años. En una semana, la algarabía, el júbilo, las sonrisas, se convirtieron en incertidumbre, dolor, angustia, rabia. Y ese sentimiento se ha extendido como hule.

María Cristina recuerda que a los dos meses que desapareció su hija, una persona se comunicó con ella y dijo que era el papá del muchacho que tenía a Adela. 14 años después, está convencida de que esa persona fue quien realmente se llevó a su hija. “Ni un padre acepta que su hijo se lleve una muchacha así”, dice. Está convencida también, que Adela le hubiera hablado, hubiera intentado comunicarse. Pero su voz nunca la ha vuelto a escuchar desde aquel “ya me voy, mamá” del 2 de junio de 2005.

Por Francisco Rodríguez

Torreón, Coahuila/Ciudad de México.– ¿Dónde está Adela? ¿Cómo se vive la desaparición de una hija desde hace 14 años? María Cristina Castañeda Flores contesta con el tono de voz suave, ese tono de quien apenas suspira para hablar: “es difícil seguir con el dolor”. Desde su casa, María Cristina, mirada segura, muestra varias lonas y retratos de su hijaAdela Yazmín Solís Castañeda, desaparecidael 2 de junio de 2005, hace 14 años, uno de los primeros casos en la época reciente en Torreón.

Son 14 años en los que la madre, asegura, no parará hasta que sepa algo de su hija, hasta que sepa quién se la llevó aquel 2 de junio.

Aquel día Adela Yazmín, 15 años entonces, se despidió de su mamá como todas las mañanas para ir a la escuela. “Ya me voy, mamá”, le dijo y le plantó un beso. Fue la última vez que la vio. El último beso. A partir de aquel día, María Cristina ha navegado con la esperanza de volver a ver a su hija, aunque en 14 años no haya habido ningún avance, ninguna pista. Nada.

El último beso. Adela Yazmín se despidió como todas las mañanas para ir a la escuela y le plantó un beso. Ese fue el último día que la vio. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

La última vez que se vio a Adela fue en el centro de Torreón. Pero su madre la recuerda como una niña buena, estudiosa, que le echaba ganas a la escuela. “Sé que donde esté ella va a luchar o está luchando por volver a vernos a nosotros. Ella es muy fuerte, muy valiente y eso es lo que recuerdo”, dice María Cristina como si esa postal de la quinceañera la tuviera enmarcada en la memoria. Una semana antes de desaparecer, Adela tuvo su fiesta de quince años. En una semana, la algarabía, el júbilo, las sonrisas, se convirtieron en incertidumbre, dolor, angustia, rabia. Y ese sentimiento se ha extendido como hule.

María Cristina recuerda que a los dos meses que desapareció su hija, una persona se comunicó con ella y dijo que era el papá del muchacho que tenía a Adela.

Recompensa. Afiches como este no han cesado de ser impresos y difundidos por su mamá. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

-¿Usted es la mamá de Adela Yazmín? –le dijo el hombre del otro lado del teléfono.

-¿Quién es su hijo? Páseme a mi hija –le suplicó María Cristina. –Si mi hija se quiere ir con su hijo, pásemela, que me lo diga.

-No quiere hablar con usted. Está enojada –le respondió la persona.

El hombre hablaba –supo después María Cristina- de un teléfono público de la colonia Jacarandas de Torreón.

-No puedo hablar más. Yo le vuelvo a hablar –le dijo el hombre y colgó.

Nunca más se comunicó.

María Cristina, 14 años después, está convencida que esa persona fue quien realmente se llevó a su hija. “Ni un padre acepta que su hijo se lleve una muchacha así”, dice. Está convencida también, que Adela le hubiera hablado, hubiera intentado comunicarse. Pero su voz nunca la ha vuelto a escuchar desde aquel “ya me voy, mamá” del 2 de junio de 2005.

Dolor. Una semana antes de desaparecer, Adela tuvo su fiesta de quince años. En una semana la algarabía se convirtió en incertidumbre, dolor y angustia. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

¡HASTA ENCONTRARLES!

EMERGENCIA NACIONAL

Familias de personas desaparecidas de todo el país se reunieron con Alejandro Encinas para plantear la urgencia de atención a las situaciones que enfrentan.

MECANISMOS

Plantearon la emergencia nacional en los protocolos de la búsqueda inmediata, el tema forense y el mecanismo internacional contra la impunidad.

OBJETIVO

Los caminos y procedimientos de estos colectivos de familiares son distintos, pero el objetivo es el mismo: encontrar a quienes les desaparecieron.

Adela Yazmín soñaba con ser licenciada y su sueño más preciado, dice su mamá, era tener una familia, sus hijos. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

EL DATO

El Registro Nacional de Personas Desaparecidas refiere un total de 35 mil 736 personas desde abril de 2006 a abril de 2018.

LAS NOCHES, LO MÁS DIFÍCIL

Para María Cristina las noches han sido lo más difícil de soportar. El vilo de la cama, el insomnio, la oscuridad tortuosa, el caminar lento del reloj. “Me carga mucho, no duermo”, platica como si cargara una losa al contar aquello. Su hija Asís Arlene, de 22 años ahora, es su sostén.

Cuando puede dormir y sueña a Adela, siempre la ve chiquita, de unos siete años. “Pienso mucho en ella para soñarla”, dice. En sus sueños ve que se le pierde, pero después la encuentra y la abraza, le da un apretujón con sentimiento. “No pierdo la esperanza”, insiste casi en automático.

Cuenta que se ha deprimido muchas veces, que no quiere levantarse ni hacer nada porque piensa que ya pasó mucho tiempo sin tener una señal. Pero piensa entonces en su otra hija, que tiene que estar bien con ella.

“Si llego a faltar, busca a tu hermana más chica”, le suele pedir a su hija.

Es tanta su fe, que María Cristina guarda las pertenencias de su hija, su ropa, su uniforme de la escuela, sus diplomas, reconocimientos, su vestido de quinceañera, los aretes que usó en su fiesta, un pantalón de mezclilla que le gustaba ponerse, zapatos. “Era muy amiguera, juguetona, cariñosa”, relata como si fuera también eso parte de lo que sigue presente en la casa.

Fuerza. Con cada pérdida familiar, la mamá se va para abajo pero está segura que Dios la fortalece para seguir en la lucha. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

LA LUCHA SIGUE

En 14 años de búsqueda, María Cristina no ha tenido ninguna pista de quién pudo llevarse a su hija. Hace dos años, recibió una llamada de una persona que le informó que había visto a una muchacha que se parecía mucho a su hija. “Me dijo que la conocía de bailes. Mi hija estaba en grupos de bailes folclóricos. Coincidía la edad y los rasgos”, relata la madre.

Acudió al Ministerio Público en Ciudad de México pero nada se investigó. “Fui hace cinco meses, es fecha que no me dan respuesta. Dicen que investigan pero no me dicen nada”, cuenta.

Pero la lucha sigue, asegura María Cristina, todavía con el tono suave. Y va a seguir mientras Dios le dé vida y salud. El caso de Adela brotó antes que se dispararan las desapariciones en la llamada “guerra contra el narcotráfico”. Pero ahora a María Cristina se le ve en marchas, manifestaciones, protestas, todas a lado de los cientos de desaparecidos que se han acumulado en Torreón.

La abuela sigue de pie Feliciana no solo lucha por encontrar a su hija, también lucha porque la pareja de Rebeca no le quite a su nieta más pequeña. “Me sigue dando batalla para que no me enfoque en mi hija”, dice. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

En estos 14 años, María Cristina ha tenido que lidiar con la ausencia de su hija, a la par de las pérdidas familiares. Tíos, tías, un nietecito de tres años falleció también. “Él y mi niña es lo que más me ha dolido en el alma”, dice. Con cada pérdida se va para abajo pero está segura que Dios la fortalece para seguir en la lucha.

Sin embargo, a su nieto le puede ir a llorar a algún lugar, pero a su hija no. “No sé si sufra, qué le hagan, si está viva. Eso te acaba, estás piense y piense, por eso a veces trabaja uno para seguir adelante, distraerse, en la casa te acabas de estar pensando. Pido a Dios que me ponga los medios, para saber dónde esté”, comenta.

María Cristina se sincera y dice que a veces se rinde. Piensa que ya son muchos años sin saber nada de su hija Adela Yazmín. “Pienso cómo estará, si estará viva, si come. Le pido mucho a Dios que aunque esté viejita me dé la oportunidad de ver a mi hija por última vez”.

-¿Cómo se imagina a su hija? –le pregunto.

-Veo jovencitas en la calle. Trabajo en una tienda de perfumería, van jovencitas y veo en ellas a mi hija. Les pregunto su edad. Me la imagino muy bonita. No sé en qué condiciones esté. Siento que mi hija está viva, no sé dónde. Sé que Dios me va a dar la oportunidad de volver a verla.

Adela Yazmín soñaba con ser licenciada y su sueño más preciado, dice su mamá, era tener una familia, sus hijos. “No sé quién le arrancó sus alitas. Mataron sus sueños”, dice María Cristina.

LOS RIESGOS DE ALZAR LA VOZ

Los ataques de uniformados contra los integrantes de estos colectivo no han cesado desde el 2013, denunciaron a principio de este mes, personas pertenecientes a distintas asociaciones de búsqueda de desaparecidos.

Una de sus demandas es que se den investigaciones serias y exhaustivas sobre la colusión de autoridades que dejaron violencia y víctimas en Coahuila.

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María Guadalupe cayó en una depresión tras la desaparición de Luz. Los primeros años no buscó a su hija porque el miedo la ofuscó. Pero hace cuatro años se desempolvó el temor y se unió al Grupo Vida, que busca a sus familiares desaparecidos. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

¿DÓNDE ESTÁ LUZ ALEJANDRA?

Luz Alejandra Martínez Delgado desapareció cuando tenía 18 años. De eso hace nueve años, en 2010. Vivía en la comunidad de Lucero, municipio de Tlahualilo, Durango y fue llevada, cuenta su madre María Guadalupe Delgado, hasta Nuevo Laredo, Tamaulipas.

“Ella tenía novio, pero se la lleva una persona con violencia y dice que era la pareja de mi hija. Personas armadas los levantan allá y se los llevan. Se comunicaron conmigo, me dijeron que al chavo lo iban a matar pero que a mi hija me la iban a regresar si les daba 10 mil dólares”, recuerda María Guadalupe una mañana fría.

Toda la comunicación fue desde el celular de su propia hija. Jamás le regresaron a su hija y no ha sabido nada desde entonces.

María Guadalupe cayó en una depresión que casi la lleva a la muerte. Los primeros años no buscó a su hija porque el miedo la ofuscó. La incertidumbre y el miedo la perseguían como sombras. Pero hace cuatro años se desempolvó el temor y se unió al Grupo Vida, que busca a sus familiares desaparecidos.

Desde entonces ha tocado muchas puertas. Dice que ha andado sin comer por días y que su sustento son sus incansables pies. También sus otros dos hijos. “Por ellos me levanté, casi no estoy con ellos”, se sincera.

Se dedica a apoyar a otras familias, sobre todo en La Laguna de Durango. A Tamaulipas, dice, no puede ir por seguridad.

La madre reconoce que cada año que pasa es más difícil encontrar a su hija, una muchacha que le gustaba estudiar, que era inteligente y le gustaba el futbol. Días previos, por sus buenas calificaciones, el Gobernador de Durango la mandó felicitar en una carta y le había prometido regalarle una computadora. Pero ya no la pudo recibir.

Luz Alejandra quería ser enfermera.

***

Atole con el dedo. Sólo eso les dan las autoridades, dice la mamá de Rebeca. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

¿DÓNDE ESTÁ REBECA?

Hay dos cosas que Feliciana Rueda recalca sobre la desaparición de su hija Rebeca Cortina Rueda de 32 años: Rebeca no se iría así nomás sin avisarle a ella y a sus hijas. “Porque lo sé, la conozco y lo siento de corazón. Eso sí me duele en el alma”, dice Feliciana desde su casa en el ejido San Miguel del municipio de Matamoros. Y la otra es que para Feliciana, el historial de violencia que su hija vivía con su pareja, está relacionado con la desaparición.

Rebeca, madre de tres hijas de 13, 11 y un año ocho meses, desapareció el 30 de octubre de 2018. Las tres menores vivían con su abuela debido a los antecedentes de violencia de la pareja de Rebeca, el padre de la menor de las hijas.

Ese 30 de octubre, Rebeca llegó a casa de su mamá con ropita para la niña y unos hot cakes. Eran las cuatro de la tarde. Feliciana acababa de volver del hospital con sus nietas.

-¿Oye Rebeca, ya hablaste con éste? –preguntó Feliciana a su hija, refiriéndose a la pareja.

Sin respuesta. Las autoridades de Coahuila ni siquiera han corroborado los dichos de la pareja, donde afirma que Rebeca fue a la Ciudad de México. Nada en cinco meses. Foto: Francisco Rodríguez, Vanguardia

-No, ahorita voy pa’ la casa –le respondió Rebeca y se fue.

Más tarde, Gabriel, la hija de en medio, fue a casa de su mamá a buscar una máscara porque quería pedir Halloween. “Abuelita, no hay nadie en la casa pero todo está bien limpio. Bien recogido”, le informó.

Al día siguiente la hija volvió a ir a la casa para buscar la máscara. Todo seguía igual. “Tu mamá no regresa desde ayer”, le dijo una vecina a la niña.

Las niñas comenzaron a preocuparse. Cristian, la hija mayor, pidió a su abuela que le marcara a su mami. El sonido del buzón del celular le picó el pecho a Feliciana. “Márquele y márquele y a buzón”, recuerda. “Dónde estará, qué raro”, pensó Feliciana.

“Rebeca no se iba sin avisarle a su hija Cris, ‘me voy a ir, pero cuida a tus hermanas’”, recuerda la abuela.

La pareja de Rebeca arribó con Feliciana y las niñas. “Traigo pañales y leche”, anunció. “Le dije a Rebeca que yo le traería su leche y pañales”, informó a Feliciana. “Oye, ¿y Rebeca”, preguntó la mamá. La pareja contó que Rebeca había ido a México para averiguar sobre su finiquito en la Sedena. “¿Por qué ella y no tú?”, cuestionó Feliciana. “Nomás fue a ver. En el momento que ella me diga me voy a México, vamos a traer ropa”, le dijo.

Pero Rebeca no regresó. Tampoco se comunicó. El 3 de noviembre, Feliciana denunció la desaparición de su hija.

ANTECEDENTE DE VIOLENCIA

Feliciana relata que cuidaba de sus nietas porque la Procuraduría de los Niños Niñas y Familia (PRONNIF) se las retiró a Rebeca. El hombre maltrataba física y psicológicamente a la hoy desaparecida.

“Le pegaba y le preguntaba: ‘por qué te estoy pegando, hija de la chingada’, porque me lo merezco, porque me lo merezco, le tenía que decir ella”, platica Feliciana con coraje en el tono. Su hija le llegó a decir que tenía miedo, que no lo aguantaba, que no quería estar con él, pero no podía apartarse de la relación.

La denuncia ante la Fiscalía de Personas Desaparecidas, muestra el relato de una de las hijas de Rebeca, reflejo de la violencia que vivía su madre con “L”:

“Cuando cumplí años el 12 de abril de 2018, mi amá me hizo una comida e invitó a mi abuelita Feliciana y a mi tío Omar y ahí pues fue lo mismo porque empezaron a tomar y en eso entraron a la casa porque mi abuelita y mi tío estaban en la cochera, en eso mi mamá traía cargada a mi hermanita Grecia y como se había terminado la cerveza L (pareja) se enojó y le dio un golpe a mi mamá en su cara del lado izquierdo con el puño de su mano derecha y por el golpe mi mamá soltó a Grecia y se cayó en el piso, en eso L le daba pisotones a mi hermanita y al mismo tiempo le pegaba a mi mamá”.

Ese es un relato. Tan crudo como el fragmento de otro: “después de un rato tomó una tabla que era con la que le pegaba a mi mamá y le dio un golpe en la espalda casi a la altura de la nuca y la dejó toda morada…”. Otro: “le reventó el labio a mi mamá con un golpe y aparte le dejó morada la cara porque mi mamá no le planchó una camisa…”.

La directora de la organización defensora de derechos humanos Fray Juan de Larios, Blanca Martínez hizo un llamado a los entes de Gobierno a actuar pues en los últimos meses todos los colectivos del estado han denunciado desapariciones.

Relatos de una niña que miró la violencia de la que fue víctima su madre. De la que no pudo escapar. De la que todos vieron y nadie hizo nada.

Feliciana cuenta que la versión de un vecino, amigo de la pareja de Rebeca, es que la ahora desaparecida era prostituta, que se iba con hombres, que así conseguía dinero. El vecino fue llevado por la pareja de Rebeca a declarar.

“Le salió un currículum. Tengo rabia, rabia contra las autoridades, porque se quedan con esa versión, y aunque lo fuera. Me decían en la fiscalía ‘usted no la conocía’. Ese coraje que te digan eso”, platica con coraje Feliciana.

Las autoridades de Coahuila ni siquiera han corroborado los dichos de la pareja, donde afirma que Rebeca fue a la Ciudad de México. Nada en cinco meses.

“Sólo me dan atole con el dedo. Qué les digo a sus hijas, tengan, poquito de lo que les toca”, dice y se lleva el dedo a la boca.

Con la Fiscalía de Desaparecidos, Feliciana se ha topado con el concreto de las palabras, los tonos de indiferencia. “Le voy a dar un tríptico para que vaya con la psicóloga”, le dijeron una vez cuando llegó a preguntar por avances. “No suba nada a redes sociales porque después la extorsionan”, la trataron de intimidar después. “Lo más seguro es que su hermana anda de cotorreo”, le dijo un ministerio público a una hermana de Rebeca cuando también preguntó por avances.

LA LUCHA

Ahora la abuela Feliciana no solo lucha por encontrar a su hija, también lucha porque la pareja de Rebeca no le quite a su nieta más pequeña. “Me sigue dando batalla para que no me enfoque en mi hija”, sospecha la madre.

Lamenta que el hombre quiera pelear a la niña sin saber dónde está la mamá de la niña.

Hace unos días, Gabriel, la nieta de en medio, le preguntó a su abuela Feliciana:

-¿Abuelita, extrañas a mi mami?

-Sí, me duele, la extraño –le respondió Feliciana.

Después la nieta de 11 años le dijo algo que le sigue retumbando los sueños:

-Mi mamá se fue frente a nuestros ojos. La tuvimos enfrente y la dejamos ir.

La frase de su nieta fue como un costalazo. “Una vez más me pasó”, se dijo Feliciana. Aquella vez la madre se quebró, como ahora lo hace por primera vez en toda la entrevista. La pequeña de 11 años miró la violencia que su madre vivía a manos de su pareja, los insultos, golpes, amenazas. También lo vio

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