Avance

Una tumba para llorar; testimonios confirman la existencia de cocinas

Terminadas las labores de la Quinta Brigada en Veracruz, familiares creen que será difícil hallar a sus desaparecidos, pero seguirán rastreando

CIUDAD DE MÉXICO.

El día después de los hechos de “La Gallera”, el miércoles 19 de febrero, me reincorporo con la Brigada tras una ausencia de cinco días. Hay rostros nuevos, colectivos que se han sumado en reemplazo de otros grupos, aunque observo que flota sobre nosotras una atmósfera desgastada y melancólica.

Alcanzo al grupo en un rancho a espaldas de un fraccionamiento residencial al noreste de Poza Rica, apenas separado por un camino de tierra y una barda de concreto retacada de alambre de púas. Dentro del predio, unas descansan bajo el techado de un comedero para vacas y otras trabajan a unos 150 metros al interior. Ahí, tras subir y bajar la accidentada orografía del terreno, tenían la certeza de encontrar restos de una cocina, pero apenas sacan ropa, una constante durante la Brigada: aquí o allá donde se escarbe, surgen prendas.

En el camino del punto de búsqueda al sitio de descanso es cuando Maricel me dice que ya no cree poder hallar a Iván. Ahora, todo parecía encajar. A dos días de cerrar la Brigada, mientras recorremos un rancho en donde la tierra vomita ropa, finalmente exhala, agotada:

“Yo siento que ya no lo voy a encontrar nunca”.

Cuando hacemos un descanso, María de los Ángeles Ortiz reparte enchiladas para sosegar el hambre. Pregunto por el zacahuil, comida típica de la zona, pero contesta que está prohibido en el colectivo y me entero de la referencia del horno de “La Gallera”.

Los zacahuileaban.

Disculpando mi desliz, me cuenta que el 16 de marzo de 2015 desapareció su hijo Ángel Raymundo Castro Ortiz, de entonces 19 años, quien estaba en la Ciudad de México para grabar un disco de rap, pero que había vuelto a Papantla para visitar a su familia y ver a su novia. Partió en un taxi colectivo hacia Poza Rica y, según lo que ella investigó, fue detenido en el sitio de taxis por la Intermunicipal, a tres meses de que la corporación fuera desmantelada por el gobernador Duarte. El sentimiento que permea en Maricel lo revive el resto del colectivo.

En el centro del valle a nuestra derecha un frondoso árbol de mango exhibe en su corteza los impactos de bala como cicatrices y únicos vestigios del horror que se extiende como niebla sobre Poza Rica y el norte de Veracruz. La voz de María se eleva una octava. También confiesa que no creen poder encontrar a sus desaparecidos, ya no, luego de la confirmación de las cocinas. Habla sobre la inhumanidad y reclama que, si ya tomaron vidas ajenas, por qué se empeñan en que no los encuentren, que bien podrían dejarlos en algún sitio para recogerlos y velarlos. Pero no es así y hoy no tienen una tumba donde llorar, así que nada más les queda poder hacerlo aquí, en los sitios donde buscan, porque no tienen idea de dónde quedaron.

Miguel Ángel Trujillo Herrera se toma un tiempo para que conversemos. La confirmación de las cocinas humanas se ha hecho a principios de la segunda semana de búsqueda y él ha comprobado al menos 12 sitios de 30 que le señalaron, puesto que por la escasez de tiempo no pudo visitar todos.

—Nos dimos cuenta que los puntos que nos referían no eran fosas clandestinas, eran cocinas, todos se referían a cocinas. Cuando empezamos a avanzar con los rastreos, toda la gente nos comentaba que los deshacían en ácido, que los cocinaban.

En las expediciones de la avanzada descubrieron la presencia de tambos oxidados y bidones en áreas despobladas y sumaron testimonios tanto de presuntos “excocineros” como de pobladores, como los de la congregación de El Aguacate, en Papantla, que un día descubrieron que sus tambos de basura habían desaparecido y después los hallaron en el cerro. En este contexto, destaca que el auge de la industria petrolera entre Poza Rica, Tihuatlán, Coatzintla y Papantla fue lo que habría definido el uso de la cruel práctica por la abundancia de recipientes, combustible y la fácil confusión de una llama de desfogue de un campo petrolero entre la vegetación de los cerros con el ardor de una cocina.

“Si no tuviera Poza Rica ese contexto de que son puras cocinas, entonces todos los días hubiéramos encontrado restos humanos”, explicaría Yadira, después, la frustración de la Brigada al descubrir las cocinas y no tener hallazgos que los llevaran a la identificación de alguna persona.

Esa noche llegaría a mis manos la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIAR/073/2011 en la que, el 31 de agosto de 2011, un hombre identificado como Karim M. C. rindió su declaración ante la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) después de haber sido detenido por la Secretaría de Marina en un operativo exhibido en su página de prensa con el comunicado 279/2011 como un golpe a Los Zetas en Veracruz. Durante el proceso le encontraron una licencia de conducir falsa que, apuntaría en su declaración, la compró por 2 mil pesos (90 dólares) en la oficina de Tránsito de Poza Rica.

Según el documento oficial, Karim trabajó de 1996 a 2007 en la Policía Intermunicipal Poza Rica–Tihuatlán–Coatzintla, pero renunció y se integró a Los Zetas en 2010 por un pago de 4 mil pesos quincenales (180 dólares) y un vehículo para ser halcón, es decir, vigilar y reportar el movimiento de los militares. Un año después escalaría hasta “jefe de plaza” de Poza Rica y se encargaría de vigilar la venta de narcóticos y el cobro de piso a quienes vendían piratería, con lo que sacaba casi medio millón de pesos mensuales (22,300 dólares), del que destinaba 386 mil pesos (17,200 dólares) para distribuir entre mandos y oficiales de la Intermunicipal. También calificaría como “colaboradores” a la Policía Ministerial de Veracruz, elementos de la Policía Federal división caminos y un capitán del Ejército al que le pagaban la comida en un restaurante de la avenida 20 de Noviembre.

“Es cuestión de investigar a los elementos de las corporaciones policiacas”, se lee en su declaración firmada y con las dactilares al calce.

En la hoja foliada con el 610 el detenido menciona explícitamente que las personas que su gente asesinaba eran calcinadas o cocinadas y luego expone los puntos georreferenciados en donde realizaban esas prácticas: los ranchos de “El Palmito” y “Del Abuelo”, ubicados en la carretera entre Poza Rica y Cazones. Aunque los federales durante el periodo del presidente Felipe Calderón Hinojosa supieron de la existencia de esta práctica en el norte de Veracruz, jamás se hizo algo por detenerla.

***

La última tarde de labores de búsqueda en campo, el jueves 20, Afterlife retumba más fuerte camino a Papantla mientras me despido con la mirada de los montes verdes y sus columnas flamígeras dispersas entre la maleza.

“La vida después de la muerte, Dios mío, qué palabra tan horrible”.

Se acabó la búsqueda. Mañana expondrán los resultados de la Brigada, el hallazgo de las cocinas.

“La vida después de la muerte,

creo que vi lo que sucede después.

Fue sólo un vistazo de ti,

como mirar por una ventana

o un mar poco profundo”.

De ahí la desesperación de Maricel y el sollozo de María. Jamás había visto una forma tan arrebatadora de incertidumbre. Es algo sumamente distinto a la muerte, porque la muerte incluso parece cálida gracias a la certeza que sosiega, diáfana frente a la desaparición que es toda turbiedad: alguien se ha esfumado y no tienen idea de si la vida alcanzará para volver a verle fuera de los pensamientos (y las fotos, las pancartas, las fichas de búsqueda) o, al menos, para llenarse de paz bajo la forma de una tumba. Por eso, cuando alguien es desaparecido, lo experimenta dos veces: cuando se lo llevan y cuando le niegan a su familia la certidumbre de reclamarlo. Entonces se abren dos sepulturas invisibles: la de quien es buscado y la de quien busca. Es el sepulcro que añoran y en el que se sienten enterradas. Si la esperanza se liga a la fe de alcanzar algo que parece imposible, su símbolo se materializa en huesos desenterrados. ¿Cómo puede entonces haber una tumba sin cuerpo, sin huesos, sin restos?

Pero Maricel dice que, a pesar de todo, seguirá buscando. Aún descompuesta del golpe después de confesar en el rancho que no encontraría a Iván, casi inmediatamente se aferra al deber de seguir buscando a los demás.

El viernes 21 de febrero parto con la lluvia que augura una mañana fría en Papantla, pero antes me despido de Maricel, quien me alojó en la Casa de la Iglesia. De alguna manera, noto que la fuerza que parecía haber abandonado días atrás a la mujer de cortos cabellos ígneos se instala de nuevo discreta entre sus gestos.

Apenas unas semanas después, la pandemia por covid-19 frenará severamente la labor de las rastreadoras. No temerán por el desabasto de cubrebocas: por su labor ya cuentan con piezas reutilizables de tela, incluso con frases impresas como #HastaEncontrarlos. El problema es que no podrán salir y saben que si no escarban la tierra, nadie más lo hará por ellas.

“Sólo es vida después de la muerte, contigo”.

El 25 de mayo, a poco más de tres meses después de los resultados estremecedores de la Quinta Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas y el día que se cumplen nueve años de la desaparición de Iván Eduardo Castillo Torres, Maricel reafirma la promesa que repite cada día desde la última vez que lo vio y comenzó a caminar con su fotografía en mano. Parece más convencida que nunca a descender al inframundo para recuperar a su hijo y los de sus hermanas de dolor, una Orfeo indispuesta a mirar atrás para que su ser amado no desaparezca de nuevo.

“Hijo, donde quiera que estés yo te sigo buscando”, le dedica a nueve años de búsqueda. “Gracias por darme el mejor tiempo de mi vida… Yo voy a seguir luchando por ti hasta el final”.

 

Mostrar mas

Noticias relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *